Alberto observaba como resplandecían los
colores al sol de un pez muerto sobre la arena de la playa, se
preguntaba y respondía, sobretodo respondía, si hubieran brillado
con tal intensidad en la profundidad del mar, del océano.
Mientras contemplaba la belleza de esa
capa tornasolada que cubría la muerte, un joven se acercaba a las
olas, bronceado, brillando. Lo contemplaba envidiando eso de la
juventud, el momento en que se podía estar muerto y no notarlo.
Alberto miraba la desnudez, mientras
unos trapos recubrían su piel, un pergamino agrietado, débil, con
unas letras que nadie logrará leer. Para él su vida, era un libro
que nadie iba a leer.
Así se sentía, solo,
intrascendente, estos pensamientos los tuvo a lo largo de los últimos
años.
Debió ser a raíz de estos, que
desarrollo una gran peculiaridad.
Quedó mirando hasta el atardecer y luego
Retrocedió sobre sus mismas pisadas, y empezó a caminar por las
calles con pasos deambulantes para la vista, porque en realidad seguía los pasos de una
idea que se iba desvaneciendo, o entrando en otro nivel.
Había un muchacho que él ya había
visto un par de veces en la calle caminando desorbitado,
contorsionado, y hasta él parecía mirarlo con lástima en ese momento. Alberto lo
siguió un tramo, mientras contaba los billetes que tenia en la
billetera.
Luego se adelantó y golpeó una
puerta, una muchacha joven lo dejó pasar y le indicó que se
sentara, aunque su expresión le sugería no se sentará demasiado
cómodo, que sería apenas un momento. Le trajo una caja con varías
cosas. -Esto es lo que pensaba tirar, solo me voy a quedar con
algunas cosas importantes-. Está bien, le dijo Alberto. -Murió hace
tiempo ya, debí haberlas tirado antes, no necesito estas cosas para
recordarlo, no puedo dejar que me pagues por ésto, llevátelo.
Alberto no dijo más nada, sus palabras también se sepultarían
con él, sobretodo las que pudiera pronunciar ahora, allí adelante
de la muchacha linda, que ni siquiera un pésame por cortesía quería escuchar.
Tomó las cosas y se fue, sentía que
la pequeña caja disponía de una densidad extraordinaria que lo
empujaba hacia el centro de la tierra, plantando sus botas en un
asfalto que parecía estar húmedo.
Era el cansancio pensó, y con un
sentimiento en el fondo que le decía que estaba cerca de algo.
Que tenía que ser esa noche, que algo
podía cambiar.
Abrió la puerta de su casa dejando
trancar la puerta para más tarde, sus manos temblaban, quizá por
el peso de la caja, o de su contenido.
Solo agarró de allí adentro, una
boquilla de tabaco antigua. Le gustaba que las cosas de los
fallecidos fueran personales, aunque también debieran ser
importantes, pero no encontró nada más de su interés en esa caja
que esa boquilla. Recordó de la infancia una vez que fue al
cementerio con su abuela y su prima quien tenia la misma edad que
él, esa había sido la primera y última vez que se prometió probar
tabaco. La abuela les había preguntado si querían encenderle un
tabaco a la bisabuela María, y el dijo que sí, sin esperarse
encontrar un sabor tan amargo. Quizá fue el sabor más amargo de su
vida. Todavía parecía poder evocar la sensación de pegote agrio en
su garganta, como si hubiera estado masticando flores marchitadas y
ámbar y savia. Porque eso parecía tener en la boca, una mezcla de
todas estas cosas que por más que intentará tragar, quedaba allí.
Tan fuerte había sido esta
experiencia, que todavía podía revivirla. Pero no se arrepintió,
porque a la bisabuela le encantaba el tabaco, seguramente adoraba esa
boquilla repugnante, y a él le gusto haber podido hacer al menos eso
por ella.
Había pasado estos últimos años,
queriendo contactarse con ellos, con cualquiera de ellos, con
cualquiera de esas personas cuyos nombres no aparecen en ningún
libro, salvo en una memoria difusa y de rápida disolución. El
motivo de este contacto anhelado, era encontrar esa vida después de
la muerte. La historia grabada, como una tatuaje permanente en el
tiempo.
Toda su casa era una disposición de
objetos que había conseguido reunir de gente que ya no estaba. Gente
que murió por diversas razones, aunque cabe acotar, que aquellos objetos relativos a las muertes más trágicas, se ubicaban en los lugares más destacados.
Espejos que robaron reflejos a diversas
personalidades. Había calculado que probablemente Ester M. había
muerto delante de su espejo por las características de la tragedia.
A veces él se ubicaba delante del espejo, imaginando que la misma
luz que tocaba su rostro, era la misma luz que le había devuelto el
último reflejo a Ester. M.
A pesar de tanto tiempo sin respuestas
de ningún tipo, Alberto sentía que esa noche era especial.
Se sacó las botas, guardó sus lentes
en el estuche, se peinó con el peine de un niño, apoyó su
billetera sobre un estante próximo a la ventana y se recostó.
La luna sangraba por la ventana y todo
su cuarto era un perfecto ritual.
Comenzó a quedarse dormido, cuando
finalmente la sintió venir. Su pulso bajaba, y sintió finalmente
la alegría. Podía sentir esa presencia oscura, esa magnitud
moviéndose sigilosa por su casa, como si necesitara pedirle permiso. Finalmente pensó;No importaba si era buena o mala, mujer o hombre, o incluso la
muerte, estaba feliz porque ya sentía esa vida, saboreaba ese
misterio como un sabor perenne dulce y eterno... Mientras unas manos oscuras parecían comprimir el túnel de su
garganta, poniéndole fin. Sintió en su muerte esa belleza
tornasolada del pescado. La belleza de una muerte perfecta.
Es buenísimo!! Muy interesante, imaginativo y misterioso.
ResponderEliminarMuchos besos.
Dios preciosa si te digo que me has erizado , sobre todo el final.
ResponderEliminarBesos dulces mi niña, feliz dia
Es como si Alberto hubiera coqueteado a la muerte todo el tiempo hasta que ella llegó a buscarlo. Casi una obsesión con ella. Al menos fue como la esperaba. Muy buen relato Michelle.
ResponderEliminarBesos dulces y dulce fin de semana.
Tremendo talento Michelle
ResponderEliminarAlberto sintió una noche especial saboreando el misterio y nos traslada a un mundo de sensaciones desde su perspectiva, la verdad es que me has quedado KAO con éste precioso relato, Michelle, sólo me queda decirte que me ha encantado y te dejo mi aplauso.
ResponderEliminarPlaf plaf plaf.
Y un beso dulce de seda.
NO TE CONOCÍA ESTAS ACTITUDES DE RELATISTA. EXCELENTE!!!!!
ResponderEliminarABRAZOS