Entre estos dos vidrios
me sostuvo las dos alas extendidas un
coleccionista.
Nada pasa.
Como el templo mayor
en el cual el sol avisa cada llegada de
equinoccio
-repetidamente- me sostengo así
sin la menor rebeldía
con la pesadez de una construcción
milenaria,
con la gravedad sostenida.
Con la soledad de una estrella apartada
del resto por su combustión,
porque precede una oscuridad congelada.
Todo se mueve medianamente
a través de la membrana que llego a
observar
con mis falsos ojos
¿A donde volvería si pudiera?
Todo se ve tan frágil con el brillo
del cristal
Cada uno de mis colores permanecen
aquí,
y cuando decida desprenderme
desplegando estos puentes traslucidos
la delgada capa que me une a mi misma
liberará un sismo tectonico
dando paso a una sustancia viscosa
que posará en la paleta
para pintar allí, en aquellos muros
entre las serpientes mayas;
al coleccionista
recibiendo toda la luz, repetidamente
constantemente,
hasta que se desvanezca mi ultimo
pigmento,
con esta conciencia tan aguda del
tiempo.