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jueves, 24 de septiembre de 2015

Peces


Los peces que estaban en mi cerebro descubrieron
que pueden nadar en la sangre.
Se dispersaron
y se dejaron llevar por su dulce sentido soberano
librando sus fuerzas
pero no su armadura
me desnudaron como una mujer completa de agua
una aloja leve e inmortal
todas las manecillas se estancaron en la materia gris
cuando ellos huyeron a explorarme el cuerpo
la corta dio dirección a tu posición
las otras dos trancan el paso de regreso.
Hasta el momento en que sus escamas empezaron a erosionarse
descansaron sus aletas.
Luego colisionaron contra el paréntesis del tiempo
 para volver al refugio,
de nadar, ordenar, y establecer.
No sin antes incrustar en mis células
fragmentos de sus cuerpos perdidos
tan diminutos
que podrían perforar la información completa de mi ser

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Un pequeño cuento desapercibido



Alberto observaba como resplandecían los colores al sol de un pez muerto sobre la arena de la playa, se preguntaba y respondía, sobretodo respondía, si hubieran brillado con tal intensidad en la profundidad del mar, del océano.
Mientras contemplaba la belleza de esa capa tornasolada que cubría la muerte, un joven se acercaba a las olas, bronceado, brillando. Lo contemplaba envidiando eso de la juventud, el momento en que se podía estar muerto y no notarlo.
Alberto miraba la desnudez, mientras unos trapos recubrían su piel, un pergamino agrietado, débil, con unas letras que nadie logrará leer. Para él su vida, era un libro que nadie iba a leer.
Así se sentía, solo, intrascendente, estos pensamientos los tuvo a lo largo de los últimos años.
Debió ser a raíz de estos, que desarrollo una gran peculiaridad.
Quedó mirando hasta el atardecer y luego Retrocedió sobre sus mismas pisadas, y empezó a caminar por las calles con pasos deambulantes para la vista, porque en realidad seguía los pasos de una idea que se iba desvaneciendo, o entrando en otro nivel.
Había un muchacho que él ya había visto un par de veces en la calle caminando desorbitado, contorsionado, y hasta él parecía mirarlo con lástima en ese momento. Alberto lo siguió un tramo, mientras contaba los billetes que tenia en la billetera.
Luego se adelantó y golpeó una puerta, una muchacha joven lo dejó pasar y le indicó que se sentara, aunque su expresión le sugería no se sentará demasiado cómodo, que sería apenas un momento. Le trajo una caja con varías cosas. -Esto es lo que pensaba tirar, solo me voy a quedar con algunas cosas importantes-. Está bien, le dijo Alberto. -Murió hace tiempo ya, debí haberlas tirado antes, no necesito estas cosas para recordarlo, no puedo dejar que me pagues por ésto, llevátelo.
Alberto no dijo más nada, sus palabras también se sepultarían con él, sobretodo las que pudiera pronunciar ahora, allí adelante de la muchacha linda, que ni siquiera un pésame por cortesía quería escuchar.
Tomó las cosas y se fue, sentía que la pequeña caja disponía de una densidad extraordinaria que lo empujaba hacia el centro de la tierra, plantando sus botas en un asfalto que parecía estar húmedo.
Era el cansancio pensó, y con un sentimiento en el fondo que le decía que estaba cerca de algo.
Que tenía que ser esa noche, que algo podía cambiar.

Abrió la puerta de su casa dejando trancar la puerta para más tarde, sus manos temblaban, quizá por el peso de la caja, o de su contenido.
Solo agarró de allí adentro, una boquilla de tabaco antigua. Le gustaba que las cosas de los fallecidos fueran personales, aunque también debieran ser importantes, pero no encontró nada más de su interés en esa caja que esa boquilla. Recordó de la infancia una vez que fue al cementerio con su abuela y su prima quien tenia la misma edad que él, esa había sido la primera y última vez que se prometió probar tabaco. La abuela les había preguntado si querían encenderle un tabaco a la bisabuela María, y el dijo que sí, sin esperarse encontrar un sabor tan amargo. Quizá fue el sabor más amargo de su vida. Todavía parecía poder evocar la sensación de pegote agrio en su garganta, como si hubiera estado masticando flores marchitadas y ámbar y savia. Porque eso parecía tener en la boca, una mezcla de todas estas cosas que por más que intentará tragar, quedaba allí.
Tan fuerte había sido esta experiencia, que todavía podía revivirla. Pero no se arrepintió, porque a la bisabuela le encantaba el tabaco, seguramente adoraba esa boquilla repugnante, y a él le gusto haber podido hacer al menos eso por ella.
Había pasado estos últimos años, queriendo contactarse con ellos, con cualquiera de ellos, con cualquiera de esas personas cuyos nombres no aparecen en ningún libro, salvo en una memoria difusa y de rápida disolución. El motivo de este contacto anhelado, era encontrar esa vida después de la muerte. La historia grabada, como una tatuaje permanente en el tiempo.
Toda su casa era una disposición de objetos que había conseguido reunir de gente que ya no estaba. Gente que murió por diversas razones, aunque cabe acotar, que aquellos objetos relativos a las muertes más trágicas, se ubicaban en los lugares más destacados.
Espejos que robaron reflejos a diversas personalidades. Había calculado que probablemente Ester M. había muerto delante de su espejo por las características de la tragedia. A veces él se ubicaba delante del espejo, imaginando que la misma luz que tocaba su rostro, era la misma luz que le había devuelto el último reflejo a Ester. M.
A pesar de tanto tiempo sin respuestas de ningún tipo, Alberto sentía que esa noche era especial.
Se sacó las botas, guardó sus lentes en el estuche, se peinó con el peine de un niño, apoyó su billetera sobre un estante próximo a la ventana y se recostó.
La luna sangraba por la ventana y todo su cuarto era un perfecto ritual.
Comenzó a quedarse dormido, cuando finalmente la sintió venir. Su pulso bajaba, y sintió finalmente la alegría. Podía sentir esa presencia oscura, esa magnitud moviéndose sigilosa por su casa, como si necesitara pedirle permiso. Finalmente pensó;No importaba si era buena o mala, mujer o hombre, o incluso la muerte, estaba feliz porque ya sentía esa vida, saboreaba ese misterio como un sabor perenne dulce y eterno... Mientras unas manos oscuras parecían comprimir el túnel de su garganta, poniéndole fin. Sintió en su muerte esa belleza tornasolada del pescado. La belleza de una muerte perfecta.


viernes, 4 de septiembre de 2015

Poción



Ojalá tuviera una poción
que quemara más que el agua
cuando se evapora
y que levitando sobre nosotros
despelleje máscaras
Si pudiera juntar toda la sangre derramada
injustamente
y el mar de leche de Saramago -Ceguera-
y licuarla con esencia
y prenderla con las hojas de los libros quemados
y esparcirla
como quien difunde memorias
liberando cenizas de hijo
de padre, de madre, de amigo
sobre todos los bellos lugares
a los cuales debieron de haber llegado.
Y si el viento estuviera a favor de nosotros
y extiende
como sombrero de hongo
cubriendo nuestro cielo con sus partes,
y una lluvia ácida cayera como rayo
arrimándolas a nuestras caras y caretas
quizá nuestros fantasmas
dolor
también morirían



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EXPERIMENT


"EXPERIMENT to me
Is every one I meet.
If it contain a kernel?
The figure of a nut

Presents upon a tree,
Equally plausibly;
But meat within is requisite,
To squirrels and to me."
Emily Dickinson
(1830–86).